Conversatorio — 25 de enero de 2026
Por: Ricardo Rodriguez Cuervo

“El amor engendra amor; el odio engendra odio.
El amor engendra la paz; el odio engendra la guerra.”

Los hombres se crearon un dios al que le piden paz y, contradictoriamente, a ese mismo dios le piden la guerra, porque esta nace de su propia instintividad no dominada ni educada, que ha llegado al apasionamiento, sin importarles a los contrincantes cuántas vidas puedan perderse ni el desequilibrio total al que conducen a sus pueblos. Esto ya es concupiscencia.

La naturaleza sufre horriblemente al ver cómo los hombres la han engañado tantas veces al prometer no volver a pelear: encuentros conciliatorios, mesas de diálogo, treguas, documentos firmados por sus representantes, fotografías y apretones de manos… y, más tarde, la tierra continúa manchándose con sangre de hermanos.

La madre naturaleza ha dado al hombre ejemplos de amor, justicia, igualdad y cooperación, mostrándolos a través de múltiples comportamientos —especialmente en el mundo animal— y mediante secretos que los buenos científicos han investigado y aplicado para el adelanto y bienestar de la humanidad.

Después de los tan negativos efectos causados por las guerras y antagonismos a todo nivel —miseria, hambre, destrucción, pérdida de seres queridos, mutilaciones y sufrimiento— el hombre llegará finalmente a escarmentar. Será el dolor quien lo impulse a corregirse, reconociendo sus errores, reparando a las víctimas, manifestando la verdad de las situaciones y reencontrándose en el abrazo fraterno.

Recordaremos entonces las grandes enseñanzas, sustentadas en axiomas, principios y valores de alta moral, legados a la humanidad por nuestros hermanos mayores: maestros, misioneros, profetas y mesías; y, en especial, por la Maestra María, quien ha acompañado a la humanidad en este duro camino recorrido durante los últimos cincuenta y siete siglos.

Finalmente, el anhelo es que toda la humanidad, convencida de su verdadera historia, pueda vivir guiada por los más elevados sentimientos de amor fraternal, recordando el Himno de la Raza y de la Unión Hispano-Américo-Oceánica, escrito por el Maestro Joaquín Trincado, del cual se cita su tercer párrafo:

 

“Y del Norte al Sur y en el Septentrión,
las madres de todos, en su alma materna,
al Este y al Oeste y en el Aquilón
se dirán alegres… ¡Hay paz!
¡Ya no hay guerra!

En toda la Tierra impera la Unión
y ni un extranjero queda ya en la Tierra”.

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